El asociacionismo en la Guardia Civil ha pasado por todos aquellos estadios necesarios para que un concepto vírico con respecto al organismo militar, se adapte al cuerpo ajeno como el embrión al útero de su madre. Y así debe ser, a pesar de las reacciones cutáneas que algunos tuvieron que soportar en el momento en el que se diagnosticó a la Guardia Civil un proceso infeccioso asociativo.
El asociacionismo comenzó –por qué no decirlo-, probablemente por la decisión de ciertos señores pertenecientes a un Cuerpo militar, de vulnerar la ley porque otros estaban vulnerando la justicia, que como todo el mundo sabe, son dos conceptos hermanos que a veces no viven en la misma casa. El espectáculo fue inmenso, un in crescendo de despropósitos a medida que las posiciones se iban enquistando; no faltaron soflamas incendiarias en defensa de un honor vacío de contenido por ser ajeno al problema que se trataba, ni mascaradas con capucha incorporada en defensa de una democracia que de tanto manosearla innecesariamente hasta el día de hoy, reluce como un metal pulido.
A día de hoy se puede hacer un balance de la situación y el resultado es sorprendente; los defensores a ultranza de los valores castrenses de una Institución que necesariamente debe cambiar porque todo en la vida está sujeto al cambio, se han adaptado a los tiempos y han modificado su proceder, si no su mentalidad que es de más difícil verificación porque pertenece al ámbito privado. Lo sorprendente de todo el proceso es que los que se alienaban con la progresía, se han convertido en unos dinosaurios fósiles que no ha resistido el empuje del paso del tiempo y continúan con la capucha virtual puesta sobre sus cabezas.
Bajo el sufrido manto del asociacionismo profesional en la Guardia Civil, ciertos grupos de presión pertenecientes a determinadas ideologías políticas, aprovechan cualquier circunstancia y ocasión para postular tesis de fusión de la Guardia Civil con otros Cuerpos, sino directamente su desaparición. Las ideologías antes mencionadas cuentan entre sus atavismos un profundo desprecio por la Guardia Civil porque, en realidad, sienten un profundo rechazo al orden, y el orden sin ideología, el orden sin interés, el orden como bien moral y material de la sociedad, se encarna hoy en día en el Cuerpo de la Guardia Civil, con todos sus defectos, que los tiene, y con todas sus virtudes, que las hay también y en mayor cantidad. Llegados a este punto argumental es cuando conviene preguntarse si las asociaciones de la Guardia Civil que se alinean con tales grupos de presión son sus “tontos útiles” o sus cómplices, porque la estrategia de estas asociaciones está claramente definida y se parece sospechosamente al programa político de ciertos partidos y sindicatos de clase. Pero no nos quedemos ahí, vamos a buscar a los conocidos como cooperadores necesarios, esos mandos militares –no lo olvidemos- que por miedo, por miedo o por miedo –que cada cual elija la opción que más le convenga de entre las anteriores-, permiten que los responsables y afiliados de esas asociaciones campen por sus respetos, haciendo lo que les da la gana y, lo que es peor, diciendo públicamente lo que mejor les parezca en orden a conseguir sus objetivos, creando para ello corrientes de opinión a partir de vulgares falacias en un uso procaz de la libertad de expresión que tanto han esgrimido frente al adversario y que, visto su proceder, parecen no merecer ni haber merecido nunca. Los papeles se han invertido, y los que vulneraban el derecho para salvaguardar la justicia, ahora parecen querer cargarse la justicia utilizando el propio derecho que vulneraban con arrojo en otros tiempos. Una mentira repetida mil veces no se convierte en realidad, lo diga Goebbels o lo diga quien lo diga. Una mentira sigue siendo una mentira. Si de esa mentira se deriva un proceso administrativo sancionador o una corriente pública de opinión que desinforme, entonces estamos hablando de otra cosa; estamos hablando de un proceder bastardo que tergiversa y prostituye al mejor postor la moralidad, la justicia y la seguridad jurídica.
Hay momentos en los que perdonar es inmoral.
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